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Ya tiene rato que escalar no es simplemente el deporte que practico, se ha convertido en mucho más. Es en lo que pienso, lo que hablo, lo que sueño, lo que transmito, lo que hago cuando tengo el tiempo, lo que me llena. Y es que escalar no es solamente subirte a una roca y ya. No. Escalar involucra conocer gente que vive de maneras distintas, más simples y felices. Escalar es viajar 4 pinches horas para subir un pedazo de piedra y pelártela en el crux muy duro y aún así estar con una sonrisota mientras cenas una pasta con atún que probablemente en la ciudad te sabría bien “equis” (o ni cocinas eso) pero en la fogata con tus amigos te sabe deliciosa.

La Mera Beta en Potrero Chico, Invierno 2019.

Escalar es juntarte con tus compas entre semana en algún muro o zona de escalada y muy probablemente después de unos buenos pegues se armen unas buenas chelas. Escalar es levantarte temprano con gusto para ir a darle al project. Escalar es aventura, es viajar, es conocer culturas, es abrirte a un mundo vertical, un mundo en donde el compañerismo lo es todo, un mundo en donde las malas decisiones te pueden costar la vida, misma que le confías a tu cordada cuando te da belay, un mundo presente y atento, que te amarra con una cuerda y parece que ya no te quiere liberar. 

Un día de invierno escalando en Hueco Tanks con Aoifa, Basa y Coco. Good times.


La razón es simple, sin la escalada me pongo ansioso. Es un tipo de ansiedad que no se compara con alguna otra, primero te empiezas a sentir ligerito, como que no te duele nada y piensas: puta madre, ¡no he entrenado! De otra forma tus músculos se sentirían adoloridos como lo están normalmente después de entrenar; sensación que te hace sentir bien y a la vez te motiva y te pone fuerte para escalar a muerte el fin de semana. 

Y es que escalar tiene algo que hace que cambies tu forma de ver las cosas, tus prioridades cambian. Empezando por decisiones que tienes que tomar, especialmente cuando te tienes que mudar de tu ciudad por alguna razón, siempre te haces esta pregunta: ¿habrá escalada?

Diego y yo pisteando a toda madre en la cocina del RockCamp, El Salto.

Luego, después de dos semanas sin escalar te comienzas a preguntar si sigues siendo un escalador. Me refiero a esa absurda sensación que sentimos cuando pasa más de una semana y no has escalado nada, ni siquiera has hecho un pull-up y ya sientes que estás más debilucho que Bob Esponja. 

Finalmente se llega el día, vas a escalar! Lo primero que piensas es: ¡a huevo! Luego piensas, me la voy a pelar muy duro. Lo que pasa a continuación es lo que te confirma que la escalada es buena. Tu forma de interactuar en el cerro es diferente a la de cualquier otro ambiente. En el monte eres libre, eres sudor, eres dos pinches atuncitos con totopos y agua natural después de caminar bajo el sol cargando un mochilón con mamada y media, eres dar belay infinito a tu compa “El Ferras”, eres cautivo en una cueva mientras pasa la lluvia. ¿Cómo no vas a amar algo que te enseña la simpleza de la vida y te deja jugar en sus patios?
Si me pongo a pensar en todo lo que me ha dejado la escalada, no termino. Desde aprender a cocinar en el camping, ordenar pensamientos en tu cabeza, ser más paciente, encontrar amigos chingones igual de mecos que tú (saludos Gordo), viajar con un presupuesto que da pena, relaciones amorosas, trabajo, etc. etc.

Oscar Gaytán escalando «La Tamaliza» en Peñoles. ¿Invierno 2011?

El punto es que dentro de la escalada el mundo es más sencillo, tus prioridades tal vez siguen siendo las mismas, solo que ya siempre le das su lugar a la escalada. Se vuelve una parte tan cotidiana y natural de tu vida, algo que ya entiendes completamente y consideras propio, hasta el punto donde ya no le ves el caso a corregir a esas personas que se avientan la de: “Yo también rapeleaba”.

Si escalo estoy bien, si no, algo me falta. La razón de esta fórmula puede provenir de una vida apegada al deporte, la magia de la escalada se descubrió en la primera visita al cerro. Hay una cosa que pasa en el monte que es incomparable a la de estar en cualquier otro lado. Se siente una amplia libertad y una sensación de que el mundo es un paredón inmenso y nosotros hormiguitas caminando en el, de lado a lado y de arriba a abajo.

Escrito por Omar Gaytán

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